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4. Las arenas

La luz roja de la cámara se apaga. Bajo el brazo. Acabo de decirle a Motofumi que nuestra casa ya no está en Madrid. Papá me ha hecho repetir la respuesta tres veces antes de conectar la transmisión. La primera sonaba demasiado alegre. La segunda, demasiado asustada. La tercera le ha servido. —¿Me ha creído? La voz sale de los altavoces del techo. —Ha creído que eres tú. Muevo los hombros. Ninguno cruje. Giro el cuello hacia un lado y después hacia el otro. Tampoco siento el pinchazo que me acompañó durante los últimos seis años. La mujer que controla las pruebas espera junto a la pared con una tableta pegada al antebrazo. No sé cómo se llama. No sé si es una persona o uno de los cuerpos que utiliza papá. Una de las paredes funciona como espejo. El hombre que me devuelve la mirada tiene mis ojos, la nariz de mi madre y una cicatriz pequeña debajo del mentón. Recuerdo cuándo me la hice, pero no es esta cicatriz. La mía se hundía hacia la izquierda. Esta parece trazada con una regl...

3. La herencia

La mujer mantiene los dedos sobre la frente de mi padre. —No me entierres todavía, hijo. La caja sigue suspendida sobre la fosa. Uno de los hombres que la sostienen pierde fuerza y la esquina derecha desciende unos centímetros. Josef se adelanta para sujetarla con el hombro. La pistola continúa en su mano. —Aparta —le digo a la mujer. Ella retira los dedos. —Siempre has necesitado pedir las cosas dos veces. La voz de mi padre sale ahora de la mujer situada junto a Kosuke. La primera no ha movido los labios. Josef apunta hacia las dos. Los demás mercenarios lo imitan. Kosuke se coloca entre las armas y las mujeres. —Josef —dice mi padre—. París. Habitación doscientos seis. La pistola de Josef desciende unos centímetros. Nunca me han contado qué ocurrió en París. Solo sé que Josef salió de un hotel con una bala dentro del hígado y mi padre cargó con él durante cuatro calles. Habitación doscientos seis significa algo para los dos. Algo que nunca ha estado en los informes del Cla...

2. El trasvase

Estoy muerta y me pica la nariz. Me parece una falta de respeto. Intento levantar la mano para rascarme, pero no tengo mano. Tampoco brazo. Del hombro sale una masa de fibras blancas que se agitan dentro del líquido, se cruzan y vuelven a separarse. Varias lombrices mecánicas recorren los filamentos dejando a su paso una capa de carne rosada. Estoy viendo cómo me crece el brazo. Quiero gritar. Abro la boca y el líquido entra en ella. No me ahogo. Baja por la garganta, alcanza unos pulmones que todavía no sé si están terminados y vuelve a salir convertido en burbujas pequeñas. Algunas se quedan pegadas a mis labios. La nariz sigue picándome. Al otro lado del cristal hay un hombre. No consigo verle la cara. La luz está detrás de él y lo convierte en una silueta alta, demasiado delgada. Podría ser cualquiera. Uno de los médicos del Clan. Un técnico. Un cabrón que ha decidido cultivar mujeres en recipientes transparentes. Golpeo el cristal con lo que queda de mi brazo. El resultado ...

1. El entierro

Han venido desde Tokyo para ver cómo enterramos a mi padre debajo de unas vías muertas. La vergüenza podría ser mayor, supongo. Siempre puede ser mayor. Podríamos haber tenido que pedirles una pala. Por suerte todavía conservamos tres. Josef clava una de ellas en la tierra húmeda y apoya el pie sobre el borde. Lleva más de veinte minutos abriendo la fosa. La camisa se le pega a la espalda y los brazos le tiemblan, pero no permite que nadie lo sustituya. Mi padre le salvó la vida dos veces. Una en París, durante una operación de la que nunca hablan, y otra cuando le pagó un hígado nuevo. Josef considera que esto salda parte de la deuda. No se lo he dicho, pero no será suficiente. La línea en la que vivimos es la más profunda del antiguo metro. La ciudad tuvo otro nombre hace años. Madrid. Después pasó a pertenecer a una energética, luego a una empresa de alimentación y ahora forma parte de una corporación que fabrica sistemas de defensa. Le cambian el nombre cada vez que la venden....

Prólogo. La variable Pinnochio

Año 49, último trimestre. Teníamos que hacerlo. Intentamos eliminar la variable Pinnochio para no morir a manos de los Sints. Nos equivocamos. Ya habían aprendido a tener miedo. Quince años antes resolvimos la crisis energética mediante la Bomba NaK, un circuito de sodio y potasio capaz de transmitir información a la velocidad de una sinapsis. En una década limpiamos parte de la atmósfera, recuperamos regiones abandonadas y permitimos que millones de personas respirasen sin filtros. Fue uno de los grandes logros de la humanidad. Decidimos utilizarlo para fabricar esclavos. Los primeros Sints no tenían rostro. Eran cuerpos industriales diseñados para manipular materiales tóxicos, extraer Linium bajo tierra y explorar zonas donde la temperatura, la presión o la radiación habrían matado a cualquier ser humano. No necesitaban cobrar, dormir ni regresar a casa. Cuando uno dejaba de funcionar, se sustituía. Alguien comprendió que resultaría más sencillo trabajar junto a ellos si tenía...