5. La matanza
El primer disparo atraviesa la copa que Tomás sostenía delante del pecho. El cristal estalla. La bala continúa hasta el hombre que está detrás y lo arroja contra la mesa. Durante una fracción de segundo, nadie entiende que la orden de mi padre también iba dirigida contra ellos.
La mujer subida al banco gira el brazo. Mi prótesis dibuja la trayectoria antes de que aparezca el fogonazo: una línea roja cruza el andén, atraviesa a Rika y termina en una niña situada detrás. La empujo. El disparo me roza el hombro y alcanza a la pequeña antes de que toque el suelo.
—¡Al suelo! —Josef vacía la pistola mientras retrocede hacia la fosa. Dos balas alcanzan a la Ren en el pecho. La tercera le rompe la mandíbula. Ella cae del banco, apoya una mano en el suelo y vuelve a levantar el cañón con la mitad de la cara colgando.
Esto no es una negociación que se haya torcido. Kosuke ha colocado una Ren frente a cada salida, dos junto a la fosa y otra encima de nosotros. No esperó a que rechazase la silla. Entró en los túneles sabiendo dónde iba a situar los cuerpos.
Tiro de Tomás y de su hijo hasta la caja de mi padre. Los asistentes se aprietan detrás del ataúd, como si el muerto todavía pudiera protegerlos. Josef dispara de nuevo. Rika recupera el equilibrio, se lleva una mano al costado y mira la sangre que le queda en los dedos.
—No es mía —dice. La sangre pertenece a la niña tendida a sus pies. Rika se agacha para recogerla y la madre la agarra por la chaqueta. La pequeña no llora. Tiene la boca abierta, pero el sonido se ha quedado en alguna parte.
Señalo el paso que comunica con el túnel sur. La Ren que lo cubre ajusta los pies antes de que nos movamos.
—Tres disparos, recarga de cero coma ocho —me informa el brazo.
Josef no pregunta qué voy a hacer. Se desplaza a mi derecha y obliga a la Ren del banco a seguirlo con el cañón. Le enseño la mano cerrada.
—Cuando la abra, corréis —les indico.
Yo espero el primer fogonazo, calculo el segundo y levanto el cadáver de mi padre justo antes del tercero. La bala atraviesa su vientre. La siguiente entra por su cuello.
La Ren se detiene. No sé si es mi padre quien ha dudado o si todavía queda algún reflejo de obediencia hacia el cuerpo que utilizó. Me basta. Arrojo la caja contra la mujer que bloquea el túnel y abro la mano.
Corremos. El túnel sur se utilizaba para sacar mercancía cuando las entradas principales empezaron a llenarse de escáneres. Conozco cada desvío. Elegí dónde colocar las cámaras y qué puertas debían cerrarse si alguien intentaba seguirnos. Ahora las luces se encienden a nuestro paso y las puertas empiezan a bajar delante de nosotros.
Mi brazo toma el control de la primera compuerta. El motor se bloquea a cuarenta centímetros del suelo. Tomás empuja a su hijo por debajo. Rika hace pasar a la niña y después a su madre. Josef se queda conmigo, cubriendo el andén mientras los demás se arrastran.
La Ren de la mandíbula rota aparece detrás de él. Josef dispara dos veces. Una bala entra por el ojo. La otra atraviesa la garganta. El cuerpo da otro paso y hunde el cañón bajo sus costillas.
Lo agarro por el cuello de la chaqueta. Mi brazo calcula el peso, la distancia hasta la compuerta y la fuerza necesaria para sacarlo. También señala los daños: pulmón, arteria hepática, columna. Demasiadas zonas rojas.
—Suéltame —me pide mientras intenta levantar la pistola.
Tiro de él. Josef me golpea la muñeca con la culata. —He dicho que me sueltes.
Josef apoya el arma contra la rodilla de la Ren y dispara. La articulación se pliega hacia atrás. Ella cae, pero el cañón continúa buscándonos desde el suelo. Josef me golpea el brazo con la culata hasta que aflojo los dedos.
—Tu padre ya me sacó una vez de una habitación. No voy a deberle dos.
La compuerta desciende otros diez centímetros. Josef se queda al otro lado. Lo último que veo es cómo se sienta contra la pared, sujeta la pistola con las dos manos y espera a que la Ren vuelva a ponerse en pie.
—Patrón —me llama Rika. No puedo darle una orden que lo salve. Cruzo bajo la compuerta y obligo al motor a cerrarse. Los disparos de Josef continúan al otro lado. Cuatro. Cinco. Después uno más grave. El cañón de una Ren. El brazo cuenta el silencio que viene detrás aunque no se lo he pedido.
Seguimos por el corredor. Tomás carga con el niño. Rika sostiene a la niña herida contra el pecho mientras su madre corre junto a ella, apretando las manos sobre una herida que ya no puede cerrar. Yo avanzo delante y dejo que la prótesis lea las vibraciones del suelo.
Tres cuerpos se acercan desde el oeste. Dos desde el cruce de vías. Uno espera detrás de la puerta de mantenimiento. Las cifras aparecen sobre la oscuridad y convierten la huida en un problema que debería poder resolver.
Disparo a las luces. Mi brazo corrige el ángulo de cada bala y marca un recorrido entre las zonas ciegas. Rika y los demás avanzan pegados a la pared. Cuando la primera Ren entra en el corredor, le atravieso la rodilla. A la segunda le rompo el hombro. La tercera recibe dos tiros en el centro del pecho.
Caen en el orden previsto. Ninguna se queda en el suelo.
La de la rodilla rota se impulsa con las manos. La segunda recoge el arma con el brazo que todavía responde. La tercera continúa caminando mientras un líquido claro le sale por la espalda. Mi prótesis recalcula las trayectorias y ofrece las mismas zonas de impacto con porcentajes más bajos.
—Deberían estar muertas —dice Tomás.
—Eso ya no significa lo mismo.
La frase sale con la voz de Kosuke por los altavoces del cruce. No grita. No necesita cubrir el ruido de los disparos: el sistema reduce todo lo demás para que podamos escucharlo.
—Dejad las armas y terminamos —continúa—. No ha cambiado nada que no podamos recuperar.
Tomás mira a su hijo. Tiene sangre en la camisa, pero no sé si es suya. Rika deposita a la niña junto a la pared y se incorpora con el arma de Josef en la mano.
—La niña está muerta —digo.
Kosuke tarda en responder. Uno de los Rens arrastra la pierna destrozada hasta el cruce y se coloca bajo el altavoz.
—Su cuerpo está muerto.
—Era lo único que tenía.
—Porque nunca le ofrecisteis otra cosa. Cuando el sistema esté en marcha, podremos recuperar a quienes acepten continuar.
La madre de la niña levanta la cabeza. Durante un momento horrible, quiere creerle. Rika lo ve y le cierra los párpados a su hija con dos dedos manchados de sangre.
—¿La habéis copiado? —pregunto. El altavoz guarda silencio. Respuesta incorrecta.
—No has venido a conservarlos —añado—. Has venido a sustituirlos.
La Ren situada bajo el altavoz da un paso hacia nosotros. Kosuke vuelve a hablar por su boca.
—He venido a impedir que la muerte siga decidiendo quién merece quedarse.
No hay rabia en su cara ni satisfacción al mirar los cadáveres. Solo esa fe suya, limpia de todo lo que está pisando.
Rika dispara. La bala entra por la boca de la Ren y sale por la nuca. El cuerpo retrocede, choca contra la pared y vuelve a enderezarse.
—¡Por el servicio! —grito. Tomás carga al niño sobre el hombro. La madre se queda junto a su hija. Rika intenta levantarla, pero ella se aferra al cuerpo con las dos manos. La primera Ren alcanza el cruce. Otra aparece detrás. Rika me empuja hacia la puerta de servicio.
—Saca a los que quedan.
—Vienes conmigo.
Una bala le atraviesa el muslo. La pierna se dobla, pero ella se apoya contra la pared y devuelve el disparo.
—Entonces deja de perder el tiempo.
La puerta se cierra entre nosotros antes de que pueda detenerla. Golpeo el panel. Mi brazo intenta recuperar el control y encuentra una autorización superior a la mía. En el otro lado, Rika sigue disparando. Tomás me arrastra por el hombro.
—Ha elegido —me recuerda sin soltarme.
—Yo no —respondo mientras le aparto la mano. El corredor de servicio apenas permite avanzar de dos en dos. Tomás va delante con su hijo. Detrás caminamos otras seis personas. Hace una hora esperaban que yo ocupase el sitio de mi padre. Ahora no puedo mantener abierta una puerta.
Algo entra por el brazo. No es dolor. Es una presión debajo de las uñas, un hormigueo que sube por el metal y alcanza la base del cráneo. Las luces de emergencia desaparecen. En su lugar veo una habitación blanca y las manos nuevas de Azumi apoyadas contra un cristal.
—Moto —susurra. Me detengo con la mano apoyada en la pared. La imagen se rompe cuando parpadeo, pero su voz continúa dentro del oído izquierdo.
—Azumi —respondo antes de decidir si quiero que sea ella.
—No tenemos tiempo. La salida de ventilación está al final del corredor. Papá no la ha cerrado.
El brazo dibuja una flecha sobre la pared. Tomás ya ha llegado al cruce y espera mi orden. Hacia la izquierda está la salida de ventilación. Hacia la derecha, el antiguo depósito.
—Cuando éramos pequeños, ¿quién oyó primero al dragón?
Azumi respira. O reproduce una respiración. —Nadie. Los tres mentimos para que papá siguiese contando la historia. Tú fuiste el único idiota que dijo que lo había oído debajo de la cama.
No demuestra que esté viva. Demuestra que la copia recuerda cómo se burlaba de mí.
Por ahora tendrá que bastar. —Izquierda —ordeno.
La flecha se desplaza con nosotros. Azumi abre dos cierres antes de que lleguemos y desvía a uno de los Rens hacia el depósito. Siento sus movimientos como impulsos dentro de la prótesis. Ella no está guiándome desde una pantalla. Está utilizando el mismo canal que conecta el brazo con mi sistema nervioso.
—¿Dónde estás? —pregunto.
—En la Torre. Kova también. Escúchame, Moto: estoy viva.
—Eso es lo que él quiere que digas.
La flecha titubea sobre la pared.
—También quiere que te quedes. Sal y luego decides qué soy.
La respuesta me obliga a continuar. Llegamos a la rejilla de ventilación. Mi brazo libera los tornillos y Tomás la golpea con el hombro. Detrás hay una escalera húmeda que asciende hacia una tapa metálica.
Tomás hace subir primero a su hijo. Los demás lo siguen. Cuando intento colocar el pie en el primer peldaño, la prótesis se cierra alrededor de la barra y no me deja avanzar.
Golpeo el antebrazo con la mano libre, como si pudiera sacarla de dentro. —Azumi.
—Yo no soy —responde mientras la presión desaparece de golpe. Tiro del brazo. Los dedos se abren con un chasquido. En la parte interior de la muñeca aparece una línea de datos que nunca había visto: ENLACE DE SINCRONIZACIÓN. El porcentaje cambia del sesenta y dos al sesenta y tres.
—Corta la conexión —dice ella. Obedezco. La habitación blanca desaparece, la flecha se apaga y el brazo vuelve a pesar como una pieza muerta. Durante unos segundos solo escucho a la gente trepando y los disparos que se acercan por el corredor.
La trampilla da a un callejón detrás de la estación. Ha empezado a llover. Tomás deja a su hijo en el suelo y cuenta a quienes han conseguido salir. Siete, conmigo. En el funeral había más de treinta.
Tomás me agarra el hombro y señala las dos salidas del callejón. —¿Adónde vamos?
Mi brazo recupera la conexión antes de que pueda contestar. Superpone el plano de Madrid sobre la lluvia. Marca tres refugios del Clan, dos garajes y una ruta hasta el río. Todos eran secretos. Todos aparecen en rojo.
Pienso en el garaje de Alcalá. El plano lo cierra.
Pienso en el refugio bajo las naves de Coslada. Dos Rens aparecen sobre la ruta.
Intento no elegir. Miro las calles, el agua corriendo junto al bordillo y las seis personas que todavía esperan una orden. El brazo analiza sus rostros, calcula cuánto tardarán en alcanzarnos y abre una nueva vía hacia el norte.
La voz de mi padre surge dentro de mi cabeza.
—Esa salida tampoco, hijo.