2. El trasvase
Estoy muerta y me pica la nariz.
Me parece una falta de respeto.
Intento levantar la mano para rascarme, pero no tengo mano. Tampoco brazo. Del hombro sale una masa de fibras blancas que se agitan dentro del líquido, se cruzan y vuelven a separarse. Varias lombrices mecánicas recorren los filamentos dejando a su paso una capa de carne rosada.
Estoy viendo cómo me crece el brazo.
Quiero gritar. Abro la boca y el líquido entra en ella. No me ahogo. Baja por la garganta, alcanza unos pulmones que todavía no sé si están terminados y vuelve a salir convertido en burbujas pequeñas. Algunas se quedan pegadas a mis labios.
La nariz sigue picándome.
Al otro lado del cristal hay un hombre. No consigo verle la cara. La luz está detrás de él y lo convierte en una silueta alta, demasiado delgada. Podría ser cualquiera. Uno de los médicos del Clan. Un técnico. Un cabrón que ha decidido cultivar mujeres en recipientes transparentes.
Golpeo el cristal con lo que queda de mi brazo. El resultado es un movimiento ridículo. Las fibras chocan contra la pared de la vaina y dos lombrices salen despedidas. Una regresa enseguida y se coloca sobre el codo para continuar su trabajo.
El hombre se acerca.
—No hagas eso.
Reconozco la voz.
Mi padre nunca necesitó gritar. Cuando éramos pequeños, Kova y yo podíamos estar destrozando una habitación y bastaba con que pronunciase nuestros nombres desde el pasillo. Motofumi aguantaba un poco más. Era el mayor y creía que eso incluía alguna clase de inmunidad. No la incluía.
Intento decir «papá». Solo consigo expulsar líquido.
—Espera. Te falta muy poco.
El rostro que se aproxima al cristal no es el suyo.
Es más joven. Tendrá treinta años, quizá menos. La piel es oscura, los ojos están demasiado separados y no hay una sola arruga alrededor de la boca. Mi padre llevaba media vida pareciendo viejo. Decía que las arrugas servían para que los demás supiesen cuándo debían apartarse.
El desconocido coloca una mano sobre el cristal.
—Soy yo, Azumi.
Niega con la cabeza de la misma forma que mi padre: primero mueve la barbilla y después cierra los ojos, como si lamentase que los demás necesitemos tiempo para comprender lo evidente. Ese gesto me convence más que la voz.
Se lleva una mano al bolsillo y no encuentra el bastón. Durante un segundo parece desconcertado.
Muevo los labios para preguntarle dónde está su cuerpo. Se acerca al cristal hasta comprenderme.
—Ya no lo necesito.
La respuesta debería asustarme. No puede hacerlo porque una de las lombrices acaba de entrar en mi antebrazo y está fijando algo al hueso. Todo mi cuerpo se tensa. El dolor dura poco, pero deja un temblor que recorre los filamentos hasta la punta de los dedos nuevos.
Quiero apartarme, pero la espalda está unida a una estructura que se introduce en mi columna. Las máquinas continúan trabajando. Ya tengo codo. Los dedos empiezan a formarse como raíces que crecen a toda velocidad.
La última vez que vi a mi padre estaba vivo.
La última vez que vi cualquier cosa estaba buscando información sobre bebés híbridos.
Quería quedarme embarazada sin tener que soportar a un hombre el resto de mi vida. En el Clan no entendieron la primera parte y se sintieron ofendidos por la segunda. Me ofrecieron sicarios, empresarios, soldados y hasta el hijo de un gobernador que no podía mantener una conversación sin consultar antes una base de datos. Todos tenían algo en común: estaban convencidos de que ponerme una mano encima les concedería una parte del apellido.
Preferí alquilar un Sint.
Viajé hasta Berlín porque allí los modelos reproductivos podían contratarse sin autorización familiar. Elegí a uno alto, con el cuerpo cubierto de pequeñas pecas y unas manos preciosas. Había revisado el catálogo durante semanas. Capacidad genética, compatibilidad, ausencia de enfermedades, índice de fertilidad. También miré las fotografías más veces de las que pienso reconocer.
Se llamaba Elian.
Pasamos dos noches juntos. Le expliqué lo que quería antes de empezar y él aceptó. Cuando llegó el momento de marcharme, guardé su número y le hice varias fotografías. Pensaba enseñárselas a mi hijo cuando preguntase por su padre.
Durante la primera noche, Elian me preguntó varias veces si estaba cómoda. En la segunda quiso saber si tenía miedo. Le dije que no necesitaba que interpretase a un novio atento, solo que hiciese aquello para lo que lo había contratado. Obedeció, pero dejó de sonreír. En aquel momento pensé que el fabricante había llevado demasiado lejos la variable Pinnochio.
Elian no se tomó bien la despedida.
Me dijo que quería conocer al niño. Que no había aceptado ser un recipiente de semen con buenos modales. Que yo había hablado de libertad mientras decidía por los tres.
Me reí.
Eso es lo que más recuerdo. No su enfado ni la forma en que dejó de mirarme. Recuerdo mi risa y la seguridad con la que pensé que cada vez fabricaban mejor a aquellas cosas.
Mi padre dejó de hablarme durante tres meses. Motofumi se limitó a preguntar si estaba segura y, cuando le dije que sí, ordenó que nadie volviese a cuestionarme. Kova quiso saber si el niño tendría fuerza aumentada y si podríamos apuntarlo a Las Arenas antes de que cumpliese diez años.
Después empezó a crecerme el vientre.
Noté cómo se movía dentro de mí. Dejé de pensar en él como una decisión y empecé a hacerlo como una persona. Iba a criarlo sola. Iba a enseñarle a no pedir permiso. Iba a mostrarle las fotografías de Elian y a explicarle que su padre había sido un Sint elegido por mí.
Por eso entré en el Caudal.
No encontraba información fiable sobre la gestación híbrida. Había condenas religiosas, debates políticos y centenares de hombres explicando lo que una mujer debía hacer con su útero. Tuve que bajar hacia espacios menos seguros. Foros médicos, traficantes genéticos, laboratorios sin licencia.
Alguien abrió una celda en mi conexión.
Primero sentí un pinchazo en la nuca. Después un espasmo en la mano derecha. El Caudal comenzó a descargar información dentro de mi cabeza a una velocidad que ningún cerebro podía soportar. Artículos, insultos, tratamientos, anuncios de niñeras, amenazas, fotografías de fetos deformes. Todo a la vez.
Recuerdo caer de lado.
Recuerdo intentar protegerme el vientre.
Luego nada.
La vaina se abre con un chasquido. El líquido desciende hasta dejar mi cara al descubierto. Toso y vomito una pasta verde que cae por mi pecho. Ya tengo pecho. Ya tengo brazos. Las manos parecen mías, aunque las uñas son demasiado perfectas.
Busco la cicatriz que tenía debajo del ombligo. Me la hice a los catorce años al saltar una verja para escapar de dos agentes corporativos. No está. Tampoco encuentro el lunar oscuro de la cadera ni la marca de una quemadura en el muslo. Me toco la cara. La nariz conserva la pequeña desviación que heredé de mi madre, pero la piel está lisa.
Han decidido qué partes de mí eran importantes.
O han trabajado con la versión que tenían guardada y todo lo que ocurrió después se ha quedado fuera.
Me llevo una mano a la cabeza. El cabello apenas mide unos centímetros. Recuerdo tenerlo por debajo de los hombros antes de morir.
El hombre con la voz de mi padre me ofrece una bata.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto.
Mi garganta raspa cada palabra.
—No importa.
—A mí sí.
Miro mi vientre. Está plano.
Las piernas no me sostienen cuando intento salir. Mi padre me agarra por la cintura. El contacto de esas manos jóvenes me provoca una arcada.
—¿Dónde está mi hijo?
—Azumi, tienes que entender lo que ha ocurrido.
—Sé lo que ocurrió. Me atacaron.
—Moriste.
La palabra no produce nada. Ni miedo, ni pena. Miro mis dedos, los abro y los cierro. Las articulaciones responden. Tengo pulso. Puedo notar el frío del aire sobre la piel mojada.
—No.
—Tu cerebro colapsó. El corazón del niño se detuvo contigo.
Le golpeo.
No lo pienso. Lanzo la mano contra una cara que no es la de mi padre y noto el impacto en los nudillos. Él retrocede. Una línea de sangre aparece en su labio.
Sangre.
—¿Dónde está?
Mi padre se limpia con el pulgar.
—Lo guardé.
—¿Qué significa eso?
—Conservamos vuestras huellas antes de que el daño fuese irreversible. Tu memoria, tu estructura emocional, cada conexión que te hacía ser tú. También teníamos suficientes datos genéticos del niño.
—No soy una huella.
—No. Ya no.
—¿Y el cuerpo?
—Es nuevo. Híbrido. Envejecerá despacio y reparará daños que antes habrían sido irreversibles. Cuando termine la adaptación será más fuerte que el anterior.
Habla de mi cuerpo como Elian hablaba de sus especificaciones. Resistencia, capacidad, rendimiento. Datos que pueden colocarse en un catálogo.
—No te he preguntado si es mejor.
Mi padre no responde.
Se aparta y señala algo detrás de mí.
Tengo que agarrarme al borde de la vaina para girar. Las rodillas tiemblan. El equilibrio llega por partes, como si mi cuerpo estuviese descargando instrucciones básicas.
Frente a mí cuelga otro recipiente.
Es más pequeño. La pasta verdosa refulge en su interior y centenares de lombrices trabajan alrededor de una forma encogida. Distingo una cabeza, la curva de una espalda y dos piernas diminutas. Una de las máquinas está cerrando la piel sobre el pecho.
Mi hijo.
El corazón late. Puedo verlo bajo las costillas antes de que desaparezcan.
Me suelto del borde y doy un paso. Luego otro. Mi padre intenta sujetarme, pero lo aparto. Ya no necesito ayuda. Las piernas responden, los músculos se tensan y durante unos segundos todo funciona.
Me acerco al recipiente.
—¿Es él?
—Es tu hijo.
Apoyo las dos manos sobre el cristal. El bebé gira la cabeza. No sé si puede verme. Todavía tiene los párpados cerrados y una maraña de conexiones entra por su nuca.
Empieza a abrir la mano.
Quiero colocar la mía frente a la suya.
No puedo.
Los dedos dejan de responder. Después las muñecas, los codos y los hombros. El bloqueo baja por la espalda y alcanza las piernas. Todo mi cuerpo se inmoviliza salvo los ojos y la respiración.
Mi padre se coloca a mi lado.
—Necesitas descansar.
Intento insultarlo. La mandíbula tampoco se mueve.
Dentro de la vaina, mi hijo termina de abrir la mano.
Yo no puedo abrir la mía.