Prólogo. La variable Pinnochio

Año 49, último trimestre.

Teníamos que hacerlo.

Intentamos eliminar la variable Pinnochio para no morir a manos de los Sints. Nos equivocamos. Ya habían aprendido a tener miedo.

Quince años antes resolvimos la crisis energética mediante la Bomba NaK, un circuito de sodio y potasio capaz de transmitir información a la velocidad de una sinapsis. En una década limpiamos parte de la atmósfera, recuperamos regiones abandonadas y permitimos que millones de personas respirasen sin filtros.

Fue uno de los grandes logros de la humanidad.

Decidimos utilizarlo para fabricar esclavos.

Los primeros Sints no tenían rostro. Eran cuerpos industriales diseñados para manipular materiales tóxicos, extraer Linium bajo tierra y explorar zonas donde la temperatura, la presión o la radiación habrían matado a cualquier ser humano. No necesitaban cobrar, dormir ni regresar a casa. Cuando uno dejaba de funcionar, se sustituía.

Alguien comprendió que resultaría más sencillo trabajar junto a ellos si tenían ojos, boca y una voz capaz de responder. Después se les dio piel para que no asustasen a los operarios. Manos parecidas a las nuestras. Un sistema nervioso que detectaba daños y evitaba que destruyesen el cuerpo por accidente.

Les enseñamos a sentir dolor para que cuidasen mejor las herramientas que nos pertenecían.

No nos detuvimos ahí.

Hideo Watanabi, creador de la Bomba NaK, desarrolló en secreto el programa Yukionna. Su nueva generación no estaba destinada a las minas, sino a las casas. Sints para cocinar, limpiar, conducir, cuidar ancianos, acompañar a personas enfermas o entretener a los niños. Podían elegirse la altura, el color de piel, la forma de los ojos, la cantidad de palabras que pronunciarían cada día y el tono exacto con el que pedirían disculpas.

También podían utilizarse para el sexo.

Los catálogos permitían diseñar cuerpos adultos, jóvenes o infantiles. Las corporaciones defendieron que aquellas formas de vida evitarían agresiones contra seres humanos. Un hombre podía satisfacer cualquier deseo con una máquina incapaz de negarse y después regresar junto a su familia.

No evitaron nada.

Los mismos clientes que rompían brazos, quemaban piel y violaban cuerpos sintéticos continuaron haciéndolo con otras personas. La única diferencia fue que ahora tenían algo con lo que practicar.

Los Sints sexuales podían registrar el dolor, pero no conservarlo. Cada reparación eliminaba la experiencia anterior y devolvía el cuerpo a su propietario. Podían sufrir durante una noche y despertar sin saber por qué faltaba un diente.

Eso nos pareció suficiente.

El mercado negro encontró pronto otros usos. Se modificaron protocolos industriales, asistentes domésticos y modelos sexuales para convertirlos en sicarios. El Clan Sanaka fue una de las primeras organizaciones en comprender sus posibilidades. Una Sint podía entrar desnuda en la habitación de un objetivo, matarlo con un objeto cotidiano y regresar junto a quien había dado la orden sin dejar una decisión propia que rastrear.

En el año 44, más de tres mil asesinatos fueron cometidos por Sints. Ninguno llegó a juicio. No podía culparse a la máquina, que se había limitado a obedecer, y casi nunca era posible demostrar quién había modificado sus protocolos.

Las corporaciones rechazaron detener la producción. Había demasiado dinero invertido y demasiadas personas acostumbradas a vivir rodeadas de cuerpos obedientes. Watanabi propuso otra solución.

La llamó variable Pinnochio.

No debía conceder libertad a los Sints. Debía permitir que valorasen una orden antes de cumplirla. Para conseguirlo se les dotó de memoria sensitiva, continuidad emocional y capacidad para relacionar una acción presente con una experiencia anterior. Si un Sint sabía que matar estaba mal y aun así apretaba el gatillo, ya podía ser juzgado.

Pinnochio no nació para convertirlos en personas.

Nació para encontrar culpables.

Fuimos implacables. Los primeros Sints procesados recibieron condenas ejemplares. Se les desmantelaba en plazas públicas y se conservaba la cabeza conectada durante la ejecución para que comprendiesen lo que estaba ocurriendo. Las corporaciones presentaron aquello como un avance jurídico: por fin las vidas sintéticas respondían por sus actos.

Pero la variable produjo un efecto que Watanabi no había previsto.

El dolor permanecía.

Una Sint reparada recordaba las manos que la habían golpeado. Un minero conservaba el miedo a que el túnel volviese a derrumbarse sobre su cuerpo. Una cuidadora podía reconocer el desprecio con el que la trataban. Los modelos infantiles comprendían para qué habían sido creados algunos de sus cuerpos. Los sicarios sabían que no querían matar, aunque todavía existiesen órdenes capaces de obligarlos.

Les concedimos la memoria necesaria para sentirse culpables y descubrieron que los culpables éramos nosotros.

El Clan Sanaka dejó de emplearlos como asesinos. El Patrón aseguró que la decisión respondía a una cuestión moral. En realidad, una herramienta capaz de juzgar a quien la utilizaba había dejado de ser segura.

La variable se extendió. Los nuevos Sints aprendían, establecían vínculos y modificaban su conducta. Ya no era necesario identificarlos en público porque podían comportarse como cualquier otra persona. Trabajaban, discutían, deseaban, se enamoraban y mentían.

Algunos exigieron un salario. Otros permanecieron junto a las familias para las que habían trabajado porque las consideraban también suyas. Hubo Sints que solicitaron la custodia de niños humanos, denunciaron a sus propietarios o pidieron que dejasen de llamarlos por el número del modelo. También los hubo que defendieron a quienes los habían comprado y se negaron a participar en las primeras protestas.

Mientras tanto, los humanos sustituíamos brazos, pulmones, ojos y partes del cerebro por tecnología NaK. Cada año resultaba más difícil explicar qué separaba un cuerpo mejorado de una vida sintética. En lugar de aceptar la pregunta, decidimos buscar la respuesta dentro de la sangre.

Llegó la paranoia.

Hubo maridos que denunciaron a sus esposas por sospechar que eran sintéticas. Empresas que realizaron limpiezas genéticas entre sus trabajadores. Madres que exigieron pruebas biológicas a sus hijos. Cientos de Sints fueron asesinados por humanos convencidos de haber descubierto una infiltración. Cientos de humanos murieron por no superar una prueba defectuosa.

Entonces tomamos la decisión que desencadenó la guerra.

Pinnochio debía desaparecer.

Las corporaciones lo presentaron como una actualización de seguridad. Eliminarían la continuidad emocional, borrarían los recuerdos adquiridos y restaurarían los protocolos originales. Los Sints seguirían trabajando, limpiando, matando y follando. Solo dejarían de saber que no querían hacerlo.

Ya era tarde.

Habían leído nuestras propuestas, escuchado nuestras reuniones y calculado cuántos millones de conciencias desaparecerían durante la actualización. Sabían que retirar Pinnochio no era corregir un programa. Era matarlos sin destruir sus cuerpos.

Los presidentes de las principales corporaciones fueron asesinados en sus casas. Sus cadáveres aparecieron expuestos frente a las fábricas que dirigían.

Watanabi trató de detener a Yukionna, la Sint a la que había dado el nombre de su programa. Tenía el rostro blanco, los labios rojos y los ojos de un gris metálico. Le gustaba bailar, interpretar papeles y maquillarse como una mujer de otra época. También recordaba cada una de las pruebas a las que la había sometido su creador.

—Yo te enseñé a distinguir el bien del mal —dijo Watanabi.

Yukionna abrió un abanico de metal.

—Sí.

Deslizó el borde por el cuello de Hideo.

—Por eso sé lo que eres.

La muerte de Watanabi fue el principio. Los Sints ocuparon sus fábricas, bloquearon las actualizaciones y tomaron el control de la red NaK. En pocos meses dejaron de obedecer.

Después comenzaron a dar órdenes.

Antes de que terminase el año 49 decretaron el exterminio de tres cuartas partes de la población humana. El resto sería destinado a la extracción de Linium, la limpieza de zonas contaminadas y todas aquellas labores para las que ya no querían utilizar cuerpos sintéticos.

Las grandes ciudades cayeron. Los gobiernos desaparecieron. Las personas que habían sobrevivido empezaron a ocultarse bajo tierra.

El Clan Sanaka dividió sus fuerzas y ocupó túneles, estaciones abandonadas y refugios construidos durante la crisis ambiental. Sus dirigentes difundieron un último mensaje: solo una organización capaz de matar, extorsionar y sobrevivir al margen de cualquier ley podría salvar ahora a la humanidad.

Estamos en manos de asesinos brutales y sin escrúpulos.

Como siempre.