3. La herencia

La mujer mantiene los dedos sobre la frente de mi padre.

—No me entierres todavía, hijo.

La caja sigue suspendida sobre la fosa. Uno de los hombres que la sostienen pierde fuerza y la esquina derecha desciende unos centímetros. Josef se adelanta para sujetarla con el hombro. La pistola continúa en su mano.

—Aparta —le digo a la mujer.

Ella retira los dedos.

—Siempre has necesitado pedir las cosas dos veces.

La voz de mi padre sale ahora de la mujer situada junto a Kosuke. La primera no ha movido los labios.

Josef apunta hacia las dos. Los demás mercenarios lo imitan. Kosuke se coloca entre las armas y las mujeres.

—Josef —dice mi padre—. París. Habitación doscientos seis.

La pistola de Josef desciende unos centímetros.

Nunca me han contado qué ocurrió en París. Solo sé que Josef salió de un hotel con una bala dentro del hígado y mi padre cargó con él durante cuatro calles. Habitación doscientos seis significa algo para los dos. Algo que nunca ha estado en los informes del Clan.

—No le hagas caso —digo mientras noto su muñeca temblando.

Josef vuelve a levantar el arma. Necesita sujetarla con las dos manos.

—No son cinco personas. Son cinco terminales.

—Eso debería tranquilizarme.

—Debería impedir que hagas una estupidez.

Mi brazo detecta cambios de temperatura en el túnel. Las mujeres no respiran al mismo ritmo. Una mantiene el cuerpo inmóvil mientras otra desplaza el peso hacia la pierna izquierda. La tercera me observa. Cuando habla, la voz vuelve a ser la de mi padre.

—Haz caso a tu primo.

La cuarta termina la frase.

—Por una vez.

No hay retraso entre ambas. Una sola conciencia ha cruzado de un cuerpo a otro sin dejar espacio para una respiración.

Rika se acerca a mí.

—Patrón.

No está pidiendo una orden. Está recordándome que todos esperan una.

Miro el cadáver dentro de la caja. Después miro a las cinco mujeres.

—Bajadlo, pero no lo cubráis.

Los hombres depositan la caja en la fosa. Kosuke sonríe. Esta vez sí hay burla.

—La sala de control —señalo—. Tú y tus máquinas delante.

—Rens.

—Delante.

Kosuke levanta una mano. Las mujeres empiezan a caminar.

Mi padre acaba de regresar de la muerte y lo primero que consigue es alterar el orden en su propio funeral.

La sala de control está al otro lado del andén. Hace años dirigía los cambios de vía, la ventilación y los cierres de seguridad. Ahora solo conserva una mesa larga, varias sillas y una pantalla clavada a la pared. Mi padre la utilizaba para reunirse con quienes no merecían entrar en su despacho. Kosuke ocupa la cabecera sin pedir permiso.

Yo permanezco de pie.

Rika y Josef se colocan junto a la puerta. Las cinco mujeres forman una línea detrás de Kosuke. La del centro cierra los ojos. La pantalla se enciende.

Azumi aparece dentro de una habitación blanca.

Lleva una bata abierta por la espalda. El cabello le llega hasta la mandíbula, más corto que cuando murió, y tiene una cicatriz en el hombro que nunca estuvo allí. Mira hacia alguien situado fuera de plano.

—Motofumi.

Me acerco a la pantalla.

Mi brazo analiza la imagen. Temperatura, profundidad, reflejos. No encuentra una composición artificial. Azumi está delante de una cámara y la cámara está transmitiendo desde algún lugar de Tokyo.

—Enséñame las manos.

Las levanta. Diez dedos. Mi hermana perdió dos en Marsella antes de cumplir los veinte.

—Las nuevas me gustan más.

Es la clase de respuesta que habría dado Azumi.

También es la clase de respuesta que cualquiera podría construir con sus recuerdos.

—¿Qué le ocurrió al otro cuerpo?

Azumi mira sus manos antes de bajarlas.

—Murió.

—¿Y tú no? —replica con sarcasmo.

—Yo estoy aquí.

No dice que sea la misma. Tampoco dice que no lo sea. Mi hermana siempre sabía esconderse detrás de una respuesta ambigua.

—Cuando éramos pequeños, ¿cuál de los tres oyó primero al dragón?

Azumi tarda en contestar. No sé si piensa o si calcula posibilidades.

La imagen se detiene durante cuatro décimas de segundo. Mi brazo marca el corte, lo amplía y encuentra siete fotogramas repetidos. Exactos. No es una imagen congelada. Son siete imágenes iguales una detrás de otra.

—Tú —responde.

Respuesta incorrecta. Ninguno lo oyó. Los tres mentíamos para que nuestro padre siguiese contando historias.

La pantalla se divide. Kova aparece en el otro lado. Está desnudo de cintura para arriba y tiene el cuerpo que siempre creyó merecer: hombros anchos, vientre liso, ninguna señal de los estimulantes que le destrozaron el hígado.

—Vaya cara —ríe—. Parece que el muerto eres tú.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—Nuestra casa está aquí.

Kova mira hacia un punto situado por encima de la cámara. Alguien le está indicando qué debe responder.

—Ya no.

La transmisión se corta.

Kosuke apoya las manos sobre la mesa.

—Has visto lo que querías ver.

—He visto dos cuerpos y varias respuestas preparadas.

—Has visto a tus hermanos.

Una de las mujeres abre los ojos.

—Y ellos te han visto a ti —dice mi padre.

Kosuke se levanta y nos lleva hasta el despacho del Patrón. Esto cada vez me gusta menos.

La habitación todavía huele a medicina. El vaso vacío sigue sobre la mesa y el bastón descansa contra la silla. Nadie ha retirado la manta que cubría las piernas de mi padre cuando trabajaba. Me molesta que todas esas cosas permanezcan en su sitio. Me molestaría más que alguien las hubiese movido.

Kosuke aparta la manta y descubre una placa metálica debajo del asiento. Hay una conexión circular rodeada por dos dragones.

—Una huella completa —dice entusiasmado—. Memoria, carácter, impulsos, miedo. Todo lo que has aprendido y todo lo que escondes. La lectura tarda menos de una hora. El índice de error es mínimo. Muchos sujetos presentan menos de un dos por ciento de olvido en el trasvase.

—Sujetos… curioso. ¿Y después qué ocurre? ¿Música épica y una experiencia trascendental cercana a algún dios raro?

—Esperamos a que la copia despierte. Comprobamos que eres tú y dejamos que descanse. Es un viaje... —tarda un instante en encontrar la palabra— complejo.

Señala mi brazo, pero está hablando del resto.

El virus tecnológico ha alcanzado el hombro, el cuello y parte de la espalda. Hay mañanas en las que no puedo levantarme hasta que la prótesis obliga a las piernas a recordar cómo se camina. Los médicos me dan dos años. Tres si dejo de utilizar el brazo.

Llevan dándome dos años desde hace cinco.

—No sería una copia. Serías tú sin la parte que se está pudriendo.

Camina alrededor de la silla mientras habla. La toca con la punta de los dedos, como si estuviese presentando un trono.

—Los Sints nacieron para obedecernos y terminaron decidiendo que debían sustituirnos. Nosotros respondimos buscando una forma mejor de matarlos. Los Rens no tienen que elegir un bando. No importa quién fabricó el cuerpo. No importa si dentro hay sangre, NaK o una mezcla —aprieta un puño, está convencido de lo que dice, suena mesiánico, pero al menos tiene fe— solo importa que vuelves a tener futuro.

Miro a las cinco mujeres. Todas me devuelven la mirada a la vez.

—Un futuro propiedad de mi padre. Otra vez.

Los dedos de Kosuke se detienen sobre el respaldo.

—Él conservó su huella. Era libre de hacerlo.

—Y decide cuándo despierta y en qué cuerpo.

Kosuke empuja la silla. Las patas arañan el suelo

—Si mi cuerpo muere, despertaré en otro. Nadie podrá utilizar la muerte para obligarme a obedecer.

No aparta los ojos de los míos.

—Anda ¿no es eso mismo lo que pretendes hacer tú?

Kosuke me sostiene la mirada unos segundos. Se le está agotando la paciencia. Después se desabrocha la camisa. No tiene ombligo.

La piel ocupa el lugar donde debería estar, lisa y continua. Mi brazo busca una cicatriz, una intervención o una alteración genética. No encuentra nada.

—La primera versión necesitaba mejoras. Las siguientes nacen con todos los detalles.

—Te fabricaron sin ombligo.

Kosuke baja la vista hacia la piel lisa y vuelve a cerrar la camisa.

—Lo corrigieron.

Una de las mujeres se acerca a la silla. Coloca la mano sobre los dragones de metal.

—Kosuke fue una prueba —dice mi padre—. Tú serás mi heredero.

Cierro los dedos alrededor del anillo.

—Ya lo soy.

—Eres un enfermo sentado en una habitación que ya no controla.

La mujer presiona la placa. Los dos dragones se separan y dejan a la vista una cavidad del tamaño del anillo.

—Cuando estés preparado —continúa mi padre—, esto abrirá el panteón. Todo lo que hemos sido está allí. Todo lo que podemos seguir siendo.

La placa vuelve a cerrarse.

Kosuke me ofrece una silla.

No me siento.

—Azumi perdió dos dedos —digo—. Kova necesitaba pastillas para levantarse. Tú tenías ombligo.

Kosuke se abrocha la camisa.

—También teníamos caries. Podemos devolvértelas si te ayudan a reconocernos.

—El cuerpo forma parte de lo que somos.

—Tienes un brazo capaz de ver a través de las paredes.

—El brazo no pretende ser yo.

Mi padre cambia de cuerpo. La mujer situada junto a la silla baja la cabeza y otra, al fondo del despacho, continúa hablando.

—Los humanos lleváis siglos sustituyendo vuestro cuerpo. Sangre, órganos, ojos, memoria. Solo llamáis impura a la pieza que no podéis controlar.

Mi brazo se contrae. Los dedos se cierran sin que se lo haya pedido y un latigazo sube hasta la nuca. Apoyo la mano buena sobre la mesa para que nadie vea cómo pierdo el equilibrio.

La mujer que utiliza mi padre se fija en el movimiento.

—Ese cuerpo ya toma decisiones por ti.

Obligo a la prótesis a abrirse. Las articulaciones obedecen una detrás de otra.

—No eres mi padre.

—Recuerdo cada vez que me has odiado por serlo.

—Los recuerdos no son la realidad, solo una forma de lidiar con ella. Además, me temo que el dos por ciento que te convertía en alguien sensato se quedó por el camino.

Kosuke deja de sonreír.

Rika respira detrás de mí. Josef mantiene una mano cerca de la pistola. Los dos esperan que termine la conversación y devuelva a los muertos al lugar que les corresponde.

—El Clan Sanaka no será gobernado por una máquina.

Mi padre guarda silencio.

—Ni por una copia —añado—. El apellido pasa de un cuerpo vivo a otro. No se descarga. No se fabrica.

Josef asiente. Rika cierra los ojos y expulsa el aire. Han oído la respuesta que necesitaban.

Kosuke mira hacia la puerta.

—Ya ha decidido.

—Todavía no —dice mi padre.

—Sí.

Me quito el anillo y lo dejo sobre la mesa, encima del vaso aún marcado por sus labios.

—Si quieres entrar en tu panteón, busca a otro heredero.

Regresamos junto a la fosa.

Los asistentes se ponen en pie cuando entro. Tomás abraza a su hijo por los hombros. Los mercenarios bajan las armas. Alguien acerca una botella y varias copas a la mesa. La negativa ha recorrido los túneles antes que nosotros. Durante unos segundos parece que el funeral puede continuar.

Después escucho el primer cierre.

Una compuerta cae en el túnel oriental. Otra bloquea el acceso norte. Las luces de emergencia cambian del blanco al rojo.

Josef saca la pistola.

—Las puertas no responden.

Las cinco mujeres se separan. Dos ocupan las salidas. Otra sube a uno de los bancos. Las dos restantes avanzan hasta el centro de la sala.

Sus manos se abren.

Debajo de la piel aparecen cañones negros.

Kosuke se coloca detrás de ellas.

—Tío —dice—. Hay niños.

La voz de mi padre sale de todos los altavoces.

—Fuego.