4. Las arenas

La luz roja de la cámara se apaga.

Bajo el brazo. Acabo de decirle a Motofumi que nuestra casa ya no está en Madrid. Papá me ha hecho repetir la respuesta tres veces antes de conectar la transmisión. La primera sonaba demasiado alegre. La segunda, demasiado asustada. La tercera le ha servido.

—¿Me ha creído?

La voz sale de los altavoces del techo.

—Ha creído que eres tú.

Muevo los hombros. Ninguno cruje. Giro el cuello hacia un lado y después hacia el otro. Tampoco siento el pinchazo que me acompañó durante los últimos seis años. La mujer que controla las pruebas espera junto a la pared con una tableta pegada al antebrazo. No sé cómo se llama. No sé si es una persona o uno de los cuerpos que utiliza papá.

Una de las paredes funciona como espejo. El hombre que me devuelve la mirada tiene mis ojos, la nariz de mi madre y una cicatriz pequeña debajo del mentón. Recuerdo cuándo me la hice, pero no es esta cicatriz. La mía se hundía hacia la izquierda. Esta parece trazada con una regla. Me levanto la camiseta. Hay ombligo. Al menos conmigo se acordaron.

—No es lo mismo.

—Para Motofumi, sí.

La cinta empieza a moverse bajo mis pies. Primero despacio. Después acelera.

Corro.

El cuerpo responde antes de que termine de pensar cada zancada. Las piernas se estiran, los pulmones se llenan y el corazón mantiene un ritmo limpio. No hay calambres. No hay náuseas. No necesito calcular cuántas pastillas puedo tomar antes de que el hígado empiece a arder.

La mujer aumenta la velocidad.

—Más.

Me mira un segundo. Papá responde por ella.

—Hazle caso.

La cinta acelera hasta que las paredes se convierten en dos manchas blancas. Sonrío. No puedo evitarlo. Nunca corrí así. Ni cuando estaba entero.

La mujer baja la vista hacia la tableta.

—El cuerpo original habría sufrido una parada hace treinta y dos segundos.

Pierdo el paso.

La cinta me lanza contra la barra de seguridad. La agarro con las dos manos y el metal se hunde bajo mis dedos.

—No vuelvas a llamarlo así.

Ella retrocede. Papá guarda silencio hasta que suelto la barra.

—Kova —dice al fin—, tu primera vida terminó. Esta es la oportunidad de hacer algo mejor con la segunda.

La mujer despliega un cilindro de impacto desde el suelo. El aparato me llega a la altura del pecho. Me indica que golpee.

Lo hago.

El cilindro se dobla por la mitad.

Durante cincuenta y cuatro semanas, Jim Sheridan intentó enseñarme a no celebrar un golpe hasta comprobar dónde caía el otro. Nunca llegué a verlo en persona. Entrenábamos en espacios virtuales que cambiaban con cada disciplina: un dojo para el kendo, un castillo para la espada europea, una azotea bajo la lluvia para pelear sin apoyo firme.

Yo prefería el barro.

En Las Arenas siempre había barro.

Peleas a muerte han existido desde que alguien descubrió que podía cobrar una entrada. Las Arenas añadieron una cosa: no se apostaba por quién iba a ganar. Se apostaba por la naturaleza de quien perdía.

Humano o Sint.

Los escáneres podían resolverlo antes del primer golpe, pero entonces nadie habría arriesgado un pentel. Esperaban a que uno de los cuerpos dejase de moverse y proyectaban el resultado sobre el cadáver. He visto a mujeres con tres brazos morir como humanas y a Sints desangrarse sobre el suelo mientras el público gritaba que aquello tenía que ser un truco.

Yo también gritaba.

Me enganché a las apuestas, a los estimulantes, a las dos noches sin dormir antes de cada velada. Cuando eso dejó de bastarme, le pedí a papá un maestro. Él no preguntó por qué. Pagó a Sheridan y dejó que Horacio buscase un combate clandestino.

Horacio encontró un teatro abandonado en cinco días.

Nos conocíamos desde el colegio. Habíamos robado chucherías, perdido juntos en el equipo de NekBall y sobrevivido a un programa formativo en Holanda al que ninguno prestó demasiada atención. Papá acabó tratándolo como a otro miembro del Clan. No porque le gustase. Le gustaba que Horacio supiese empujarme hacia sitios a los que yo fingía no querer ir.

—Nos vamos a forrar —me dijo mientras contaba el dinero de la inscripción.

Tenía los ojos abiertos de más. Yo llevaba cuarenta horas despierto y aun así parecía el sereno de los dos.

La organización me sacó sangre, arrancó un trozo de piel del cuello y me entregó un certificado rojo: HUMANO. Después me hicieron esperar detrás del escenario. El suelo vibraba con los golpes del combate anterior. Cada vez que el público rugía, Horacio me daba una palmada en la espalda.

Sobre nosotros, una pantalla mostraba cómo cambiaban las apuestas. La identidad del cadáver pagaba mucho más que la victoria. No importaba si yo salía caminando. A la mitad de quienes habían ido a verme les convenía que acabase muerto, siempre que mi sangre fuese la adecuada.

—¿Estás nervioso?

Me apreté las vendas con los dientes.

—Tengo ganas.

No tuve que explicar de qué.

Entré con el nombre de Kova Track. El barro me cubrió los tobillos. No había vallas entre el círculo y las primeras filas. Una caída mal calculada podía dejarte debajo de veinte personas intentando recuperar lo que habían apostado.

El organizador levantó la mano.

—Sarah Pride.

La niña salió por el lado contrario.

Llevaba unos vaqueros rotos, zapatillas blancas y una camiseta de un grupo de pop. El dibujo mostraba a cinco chicos sonriendo. Ella no sonreía. Se recogió el pelo con una goma y comprobó los cordones antes de mirarme.

Me acerqué al organizador.

—¿Esa es mi rival?

El hombre consultó la pulsera de apuestas. Ni siquiera levantó la cabeza.

—Has pagado por un combate.

—Es una niña.

Sarah terminó de ajustarse la zapatilla y entró en el círculo.

La campana sonó antes de que yo decidiese si quería seguir allí.

Ella decidió por los dos.

Corrió hacia mí, se dejó caer y barrió mis piernas. El barro me golpeó la espalda. Todo el teatro se rio. Sarah plantó un pie junto a mi cadera y me clavó el otro en el estómago. Escupí sangre antes de conseguir apartarla.

Me levanté. Ella ya estaba en guardia.

Demasiado rápida. Demasiado fuerte.

Sint.

Tenía que serlo.

Un cuerpo infantil fabricado para alguno de los degenerados que pagaban por cosas así, con un módulo de pelea escondido debajo de la camiseta. Una trampa para que bajase la guardia. Una máquina que iba a matarme si continuaba pensando en ella como una niña.

Sint.

La palabra hizo su trabajo.

Me lancé contra Sarah. Esquivó dos golpes. El tercero le alcanzó la mandíbula y la tiró al suelo. Intenté rematarla, pero bloqueó mi pierna, giró sobre sí misma y me clavó el talón en la nuca.

Caí de rodillas.

La sangre me cubrió el ojo derecho. Me limpié con la venda del brazo. Sarah se apoyó las manos en los muslos para recuperar el aire. Estaba cansada. Los Sints también podían fingir el cansancio.

Me repetí eso mientras volvía a ponerse en guardia.

—Vamos, Track —gritó Horacio desde alguna parte.

Sarah atacó con tres patadas bajas. Salté sobre la última, giré la cadera y lancé la pierna.

Mi talón le alcanzó el cuello.

El chasquido se oyó por encima de la gente.

Sarah cayó de lado. Una zapatilla se le desprendió y quedó en mitad del círculo. El pie desnudo todavía se movió dos veces antes de detenerse.

El público empezó a corear mi nombre.

Track. Track. Track.

Yo seguía mirando la zapatilla.

El organizador cruzó el barro con un mando en la mano. La pantalla apareció sobre el cuerpo de Sarah.

HUMANA.

SINT.

La luz saltaba de una palabra a otra. Cada cambio levantaba un grito. Horacio se abrió paso hasta la primera fila y golpeó la barrera con las dos manos.

—¡Dos millones, Kova! ¡Nos llevamos dos millones!

La luz redujo la velocidad.

Humana.

Sint.

Humana.

Se detuvo.

El teatro celebró las apuestas ganadoras. El organizador me agarró la muñeca y levantó mi brazo. Lo aparté de un empujón.

Sarah tenía diez años. Era humana. Yo había necesitado convertirla en otra cosa para poder romperle el cuello.

Horacio entró en el círculo con los ojos llenos de números. Me abrazó. Al notar que no le devolvía el abrazo, dejó los brazos colgando.

—Eh. Tú no podías saberlo.

Me tendió la pulsera con el premio. Cerré sus dedos alrededor.

—Guárdalo.

—La mitad es tuya.

—He dicho que lo guardes.

Di un paso hacia la salida y pisé la zapatilla blanca. Todavía tenía los cordones atados.

El cilindro de pruebas cruje delante de mí.

Mis manos lo sujetan por la parte estrecha. He hundido los dedos en el material hasta casi juntarlos.

Lo suelto.

La mujer de la tableta permanece pegada a la pared. Ahora sí sé que tiene miedo.

—Sarah Pride —dice papá por los altavoces.

Miro hacia el techo.

—No utilices su nombre.

—Llevas años utilizándolo tú.

La pared se enciende. Aparece el emblema del Clan y, debajo, una secuencia de imágenes de mi vida anterior: las apuestas, las cápsulas alineadas sobre una mesa, mi hígado cubierto de manchas negras. Sarah no está entre ellas.

—No puedes corregir lo que hiciste —continúa papá—. Puedes decidir para qué sirve.

—No sirve para nada.

La imagen cambia.

Veo el andén de Madrid desde la mira de uno de los Rens. Motofumi está junto a la fosa. Rika y Josef ocupan sus flancos. Detrás de ellos hay hombres, mujeres y varios niños que intentan entender por qué las puertas se han cerrado.

La retícula busca rostros y asigna un nombre a cada uno. Cuando pasa sobre mi hermano, se vuelve roja.

MOTOFUMI SANAKA. CAPTURA PRIORITARIA.

—Tu hermano ha rechazado la continuidad —dice papá—. Tráelo vivo.

Me acerco a la pantalla. La retícula busca el anillo en la mano de Motofumi. Ya no está.

—¿Y los demás?

La retícula se detiene sobre Josef.

AMENAZA ARMADA. FUERZA LETAL AUTORIZADA.

Después salta a Rika. A Tomás. A la mujer que protege a dos críos con el cuerpo.

—Kova.

Aprieto los dientes.

—Has dicho que esta era una oportunidad para hacerlo mejor.

—Lo es. Esta vez salvarás a tu hermano.

—Hay niños.

La mujer de la tableta abandona la pared. Se acerca sin hacer ruido y retira del suelo el cilindro destrozado. No me mira cuando pasa a mi lado.

—Tu misión es Motofumi —responde papá—. Lo que hagan los demás no depende de ti.

Ya conozco esa clase de permiso. Entrar en un círculo. Elegir una palabra. Dejar que el resto ocurra solo.

Humano.

Sint.

Familia.

La retícula vuelve a encontrar a mi hermano.

Las manos de los Rens se abren. Los cañones aparecen debajo de la piel. Kosuke se coloca detrás de ellos y mueve los labios. No escucho lo que dice.

La voz de papá entra a la vez por los altavoces de la Torre y por la transmisión de Madrid.

—Fuego.

Suena el primer disparo.

Cierro las manos.

No sé a quién estoy agarrando.