1. El entierro
Han venido desde Tokyo para ver cómo enterramos a mi padre debajo de unas vías muertas.
La vergüenza podría ser mayor, supongo. Siempre puede ser mayor. Podríamos haber tenido que pedirles una pala.
Por suerte todavía conservamos tres.
Josef clava una de ellas en la tierra húmeda y apoya el pie sobre el borde. Lleva más de veinte minutos abriendo la fosa. La camisa se le pega a la espalda y los brazos le tiemblan, pero no permite que nadie lo sustituya. Mi padre le salvó la vida dos veces. Una en París, durante una operación de la que nunca hablan, y otra cuando le pagó un hígado nuevo. Josef considera que esto salda parte de la deuda.
No se lo he dicho, pero no será suficiente.
La línea en la que vivimos es la más profunda del antiguo metro. La ciudad tuvo otro nombre hace años. Madrid. Después pasó a pertenecer a una energética, luego a una empresa de alimentación y ahora forma parte de una corporación que fabrica sistemas de defensa. Le cambian el nombre cada vez que la venden. Nosotros seguimos llamándola Madrid porque mi padre decía que solo los imbéciles dejan que una empresa decida dónde han nacido.
El Clan Sanaka también ha cambiado de nombre varias veces. Organización criminal. Resistencia humana. Grupo terrorista. Vestigio folclórico. Hace dos meses, un comentarista del Caudal nos llamó «una anomalía administrativa con armas».
Mi padre se rio durante varios días.
Ahora está dentro de una caja de madera y pesa menos de lo que esperaba.
Murió durante la madrugada, sentado en la silla de su habitación. Rika fue la primera en verlo. Pensó que estaba dormido porque tenía una mano apoyada sobre el bastón y la otra encima de la mesa, junto a un vaso vacío. No hubo disparos, veneno ni una incursión de los Sints. El médico encontró el corazón destrozado y varios órganos trabajando por costumbre. Dijo que llevaba meses muriéndose. Mi padre había obligado a su cuerpo a esperar hasta que terminó algún asunto que no quiso compartir conmigo.
Lo lavamos entre Josef y yo. No permití que entrasen los asistentes automáticos. Mientras le pasaba un paño por el pecho descubrí cicatrices que nunca había visto. Cortes, disparos, una quemadura que le recorría el costado. Mi padre se había pasado la vida contando sus guerras y aun así conservaba historias debajo de la ropa.
Cuando terminamos, Josef me preguntó si quería quedarme a solas.
Le dije que no.
Me acerco. La luz de emergencia situada sobre la fosa parpadea y convierte su rostro en una mancha que aparece y desaparece. A menos de un metro puedo distinguir la nariz, los pómulos y la boca cerrada. Más lejos, todo se deshace. El virus tecnológico lleva semanas avanzando y hoy ha decidido regalarme una niebla espesa. Perfecto. El día en que me convierto en Patrón no soy capaz de reconocer a mis hombres.
Activo el brazo.
La prótesis abre una capa de información sobre lo que tengo delante. Distancias. Temperaturas. Ritmos cardiacos. Josef está agotado. Rika tiene fiebre. Uno de los mercenarios apostados junto al túnel norte ha consumido un estimulante hace menos de una hora. Podría saber cuál, pero no me interesa. Cierro los datos antes de que el dolor me suba hasta el hombro.
Mi padre odiaba que utilizase el brazo en ceremonias familiares.
«Si necesitas una máquina para saber quién llora, es que no tienes delante a nadie importante».
No hay mucha gente llorando.
Somos diecisiete alrededor de la caja. Hace treinta años habríamos necesitado un teatro. El Clan controlaba rutas, laboratorios, puertos, burdeles, servidores clandestinos y media docena de gobiernos pequeños. Ahora vivimos en túneles donde el agua cae del techo y criamos hongos junto a los raíles para no depender de los suministros de la superficie.
Delante de mí está Tomás, que falsificaba identidades para nosotros cuando todavía existían documentos. Ha venido con su mujer y su hijo. El chico no deja de mirar el agua que corre junto a las vías. A su lado, Rika respira por la boca para no toser. Más atrás están los seis mercenarios que permanecieron con mi padre cuando dejamos de pagarles. No sé si fue lealtad o falta de alternativas. En el Clan hemos llamado lealtad a muchas cosas porque la palabra hambre queda mal en los discursos.
Nadie ocupa el espacio a mi derecha.
Azumi solía colocarse allí en todas las ceremonias. Kova llegaba tarde, se abría paso entre la gente y terminaba empujándola contra mí. Mi padre los insultaba sin levantar la voz. Yo fingía que me molestaban. Los tres sabíamos dónde debía estar cada uno.
Mi padre decía que solo unos metros más abajo dormía un dragón. Cuando Azumi, Kova y yo éramos pequeños, golpeaba el suelo con el bastón y nos pedía silencio. Los tres apoyábamos la oreja contra las baldosas. A veces alguno fingía haber escuchado una respiración. Mi padre nos aseguraba que, si conseguíamos ofrecerle un trato digno, el dragón nos ayudaría a recuperar Tokyo.
No existe ningún dragón.
Azumi murió buscando información sobre la lactancia de un niño híbrido. Kova, intentando robar créditos para apostar en Las Arenas. El Caudal detectó sus patrones y les frió el cerebro. Ninguno está aquí para ayudarme a enterrar a nuestro padre.
El último hijo de los Sanaka. El último Patrón.
Me gustaría que el título me hiciese sentir algo diferente.
Rika se acerca con una bandeja de metal. Sobre ella hay un paño negro, una copa pequeña y el cuchillo que utilizamos en las sucesiones. Mi padre tenía el anillo puesto cuando murió. Se lo quité antes de lavarlo. No fue fácil. Los dedos ya estaban hinchados y Josef propuso cortarle uno.
No se lo permití.
Extiendo la mano izquierda. Rika coloca el anillo en la punta del dedo corazón. Es una pieza de hierro oscuro, sin conexión, sin memoria y sin ningún mecanismo que mi brazo pueda leer. En la superficie hay dos dragones entrelazados. La tradición dice que el nuevo Patrón debe cortarse la palma y mancharlos de sangre.
Rika acerca el cuchillo. La hoja ha perdido el brillo y conserva una muesca cerca de la punta. Podría utilizarla. Un corte pequeño, unas gotas, la clase de gesto que tranquiliza a quienes necesitan creer que las cosas continúan en el mismo orden. Mi padre habría dicho que un Patrón no debe hacerse daño para que los demás se sientan seguros.
Mi padre se saltó esa parte cuando heredó el Clan.
—Las bacterias también tienen tradición —dijo—. No por eso voy a invitarlas a entrar.
Me limito a cerrar el puño alrededor del anillo.
Rika no protesta. Nadie lo hace.
Un ruido llega desde el túnel oriental. Primero escuchamos un motor, después varios pasos. Los mercenarios levantan las armas. Mi brazo reconoce seis fuentes de calor antes de que las siluetas atraviesen la oscuridad.
Para alcanzar esta línea hay que atravesar dos estaciones inundadas, una esclusa sin corriente y tres puestos de vigilancia. Ninguno ha avisado de la llegada. Miro al hombre encargado del acceso oriental. Él niega con la cabeza antes de que le pregunte. No los ha visto pasar.
Kosuke camina delante.
Mi primo lleva un traje claro que no ha conocido el polvo. Ha engordado, aunque podría ser una modificación de su estructura. En Tokyo es difícil saber cuánto de una persona corresponde a la dieta y cuánto a una decisión de diseño. Las cinco mujeres que lo acompañan visten de negro. Son altas, hermosas y casi idénticas. No llevan armas visibles.
Eso significa que no las necesitan.
Kosuke abre los brazos.
—Motofumi.
No me muevo.
Él reduce la distancia y termina abrazándome. Huele a una colonia que no se fabrica desde hace veinte años. Mi brazo intenta identificarla. Lo desconecto.
—Llegas tarde.
Kosuke mira la caja.
—El acceso oriental estaba cerrado.
—No para ti.
Kosuke no responde.
Las cinco mujeres se distribuyen detrás de él. No miran el cadáver. Observan las salidas, las armas y las manos de mis hombres. Una de ellas gira la cabeza hacia Josef. Él todavía sujeta la pala.
Otra mira hacia una pared vacía. Detrás hay un tirador oculto. No debería poder detectarlo sin conectarse al sistema de seguridad, y el sistema está aislado desde que murió mi padre. El tirador cambia de posición. Los ojos de la mujer siguen el movimiento al otro lado del muro.
—Suéltala —le digo.
Josef tarda en comprender que hablo con él. Deja la herramienta apoyada contra la pared.
Kosuke se inclina sobre la caja. Contempla el rostro de mi padre con una serenidad que me pone de peor humor que una sonrisa.
—Vivís peor de lo que imaginaba.
Señala el techo, los cables expuestos, el agua que corre entre los raíles. Rika baja la vista. Los demás esperan que responda como habría respondido mi padre. Con una amenaza, un golpe o una orden para que le rompan las piernas.
Hoy me he convertido en Patrón y todos quieren comprobar si el título me queda grande.
—Cuando termines de inspeccionar nuestra miseria, puedes despedirte de tu tío.
Kosuke repara en el anillo que tengo en la mano.
—Todavía no te corresponde.
Cierro los dedos alrededor de él.
—Mi padre ha muerto.
Él vuelve a mirar el cadáver.
Josef vuelve a coger la pala. Dos hombres se sitúan a cada extremo de la caja. El rito es sencillo. Bajamos al muerto, cubrimos la fosa y bebemos. Mi padre eliminó el resto cuando asumió el mando. Decía que las ceremonias largas solo servían para ofrecer más tiempo a los enemigos.
Los hombres levantan la caja.
Una de las mujeres de negro da un paso.
Los mercenarios vuelven a apuntar. Kosuke no interviene. La mujer continúa hasta situarse al borde de la fosa. Tiene el cabello recogido y los ojos tan oscuros que mi visión no distingue el iris de la pupila. Extiende una mano hacia el cadáver.
La temperatura de su cuerpo es demasiado baja.
El brazo me lo muestra antes de que consiga cerrarlo.
—Atrás —ordeno.
La mujer no obedece.
Josef deja la pala y saca una pistola. Rika retrocede. Los dos hombres que sostienen la caja dudan y esta queda suspendida sobre la fosa.
Kosuke mantiene las manos dentro de los bolsillos.
—Escúchala.
La mujer apoya los dedos sobre la frente de mi padre.
Después habla.
La voz no sale de su garganta. Al menos no solo de allí. También vibra en los altavoces de emergencia, en la prótesis de mi brazo y en algún punto detrás de mis ojos. Es una voz gastada, profunda, con una pequeña dificultad al pronunciar las erres.
La misma voz que nos mandaba callar para escuchar al dragón bajo las baldosas.
—No me entierres todavía, hijo.
Cierro el puño.
Los dos dragones del anillo se me clavan en la carne.